Evolución histórica del espacio museístico, por Ángel Asenjo
Un artículo de Ángel Asenjo para la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, Málaga
Cuando un arquitecto se enfrenta a un proyecto museístico, la primera pregunta no es “cómo se expone”, sino qué es un museo. Más allá de la vitrina y la colección, el museo aparece como un espacio para la contemplación y el conocimiento, capaz de activar la sensibilidad del visitante y, en cierta medida, convertirse en un refugio cultural y emocional para la ciudad.
Su historia, además, es más reciente de lo que parece: el museo como institución pública se consolida a finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando la Ilustración impulsa la divulgación cultural y el Romanticismo convierte el patrimonio en relato colectivo. De ahí nacen los primeros grandes hitos: la transformación del Louvre en galería pública y, poco después, la apertura del Museo del Prado, ejemplos tempranos de cómo la arquitectura pasa a ser contenedor y también mensaje.

Museo del Prado, Madrid, 1819
A partir de ese punto, el espacio museístico evoluciona entre dos fuerzas: la función (recorridos, luz, conservación, accesibilidad) y la ambición simbólica (la arquitectura como icono). Desde las galerías históricas y los modelos académicos hasta los grandes contenedores de hierro y vidrio, el siglo XX acelera el cambio con piezas que reescriben la experiencia del visitante: el Guggenheim de Nueva York y su rampa, la radicalidad técnica del Pompidou o la aparición del museo como “evento urbano”.

Museo de Louvre, Abu Dhabi, Jean Nouvel, 2017
En el siglo XXI, la pregunta sigue abierta: ¿museo como templo, como plaza pública, como dispositivo cultural o como marca-ciudad? Esta lectura recorre los principales momentos y arquitectos que han ido definiendo esa tensión, ayudándonos a entender por qué algunos museos se recuerdan tanto por lo que guardan… como por lo que son.